La muerte de Don Juan Tango  

 

Por José Arenas

Acá lo traigo, se lo traigo entre las manos. Era tan grande y quedó en esto, mire, mire, mire lo que queda, este pedazo de sangre. Parece que lo hubieran triturado, está mordido, lleno de heridas, lo masticaron, lo pisaron, le clavaron todas las dagas de su tristeza. Mi chiquito, mi niño, mi varoncito… ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo esto? ¿Quiénes…? Yo te voy a salvar, a ver, si mi sangre te salva… ey, ey… ¿qué pasa?, vamos, a ver, a ver…  dale, dale varón, dale… muerto. Como un desengaño o una mentira, imposible, destrozado, lastimoso, vulgar… muerto. Ya estás muerto. ¿Quién dejó que te murieras? ¿Quién te masacró las ganas? Si el Río de la Plata era tu sangre de andar en la vereda desnudando madrugadas… punalada

Silencio, ahí vienen, ahí vienen… me lo quieren arrancar, me quieren sacar su cuerpito ensangrentado y lagrimeado. Es lo único que me queda, y me lo quieren sacar, hijos de puta. Me voy si es necesario, debajo de un puente con el cuerpito de bandoneón sin vida, ayudenmé, ¿no se dan cuenta? Quieren sacarnos todo, todo. Ya nos lo mataron ¿qué más quieren? Ni la sangre respetan… ¡¿Qué quieren?¡ Parece que quisieran violarnos el alma, no nos dejan ni la muerte en pie, carajo. Silencio, silencio… escuchen cómo ya no suena, escuchen su asuencia… nada… luces, bailes, gente y nada…

Juan Tango ha muerto. Hace algunas horas dejó de respirar. Sabíamos que su estado era delicado pero las negligencias de siempre lo mataron, lo dejaron ahí, olvidado, agonizando, tan triste de ser barato que no pudo más. Su corazón se detuvo, hizo una diablura zurda en el teclado y se detuvo. En este momento es trasladado con las alas cerradas y negras al cementerio. Sólo tenemos la sangre anclada para poder seguir pensando… pensando… ¿quién lo mató? Basuras, ¿quién?… ustedes, sí, ustedes… no me miren así, mentirosos, hijos de puta… él agonizaba, se lo devoraba el cáncer de ser vendido, pero le clavaron el arco de un violín y lo llevaron, crucificado por las calles, por la radio… mientras él daba la cara deformada de ya no ser él… ustedes le chupaban la sangre, se comían el jugo de sudor que le caía. Alimentaron su fama, su guita con la agonía de los últimos tangos. Ustedes cantaban, tocaban, bailaban en un salón, y al lado, le conectaban sangre para que siguiera viviendo, porque se moría, se moría… sabían que había que salvarlo y siguieron, les importó un carajo. Las orquestas trituraron en sus filas de bandoneones, le cortaron la garganta con el arco de los violines, un contrabajo le dio la estocada final  y un cantor vestido de sin-memoria le gritaba en la cara…

Sabían que estaba triste, viejo, débil, que quería decir lo que le pasaba, dejar de cantar la tragedia de un país que está de olvido siempre gris. Malena había muerto, María se cagaba y se meaba en la puerta de un hogar de ancianos, y Gricel era un travesti viejo de barba crecida que cogía por diez pesos cada vez que alguien la cantaba. Ellas también estaban cansadas, querían salir de esa jaula. Salir de ese tango, entrar en la metamorfosis de una música florecida como el fuego de las primaveras jóvenes. De los pibes lindos, de las pibas hechas de luna y sexo…

Si tuvo todas las voces y todas las noches crepitando en las sartenes para sí, si en cada parada de bondi volaban las hojas de su voz envueltas en vida… pero ustedes lo ignoraron, lo siguieron exprimiendo como una fruta seca, olvidada, sin risa, sin labios, sin voz, sin sueño.

Él quería dejar de ser “Don” y de ser “Juan”, quería ser Tango, quería ser, así, entre nosotros… pero no, acá estamos, con este cadáver y la mente y los ojos llenos de su última sangre… y ¿ahora?…¿ahora?…  ¿vas a empalar su cadáver y a vivir de él?… hijos de mil putas… palomas negras y sucias rumiando la carne que en otro momento rozaste con tus plumas de pichón con miedo… No importa, acá te tengo chiquito, tanguito mío, muñeco de canto y fuego. Déjenme, déjenme solo con él. Quiero decirle las últimas palabras. Quiero despedirme… Niño, canto finito y alocado, shhh… dormí, tenete para vos esta nana rante de cunita proleta, chiquita, sencilla, como a vos te gustaba.

Que tu muerte sea un presagio de cuchillos nuevos y fuertes, chispeantes en la noche. Yo voy a vengar tu muerte atroz en cada esquina, voy a tragar tu cuerpo, tu carne muerta para que circule por mi sangre, para que venga hasta mis venas y me haga saltar de rabia en un acorde, quiero emputecer de vos lo que me queda, volver a tener la noche posada como una mantilla, protegiéndome… cómo te amaba… “ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera y esperándote…”. Acá estoy, acá, esta luz pobre me señala. Te espero de venas abiertas, mordeme… acá te espero… acá te siento y vas a venir de nuevo, te vamos a tener posado en celo sobre nuestra falda, y no será como antes, te vamos a ser sinceros. Silencio, cállense todos, miren su cuerpo por última vez. Bésenle la muerte, muérdanle la carne y la tumba. Esperemos que en tres días, en tres noches o en tres eternidades, resucite… 

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