Historia del hombre que tenía la costumbre de molestar a los tilingos

Por José Arenas

El Uruguay de los intelectualoides que forman la escueta opinión respecto del arte, y en especial la literatura, suele ser bastante cruel con algunas cosas. En el último tiempo resulta políticamente correcto mencionar a algunos autores para que todos acordemos en su genialidad, y otros para que todos acordemos con su mediocridad y demás críticas. Así entonces, si mencionamos a Onetti, quedaremos todos contentos, a pesar de que pocos lo leyeron. Y si mencionamos a Galeano aparece la catarata de matices y críticas. Lo que sucede es que ese ambiente, esa secta de iluminados, no perdona la sencillez.

Eduardo Galeano era un gran divulgador de un ideal, de la cultura Latinoamericana, un reivindicador de algunos olvidados. Ejemplo de eso es “Los Nadies”, aquel texto que termina de forma fulminante diciendo que esos nadies “valen menos que la bala que los mata”. También tenemos a un narrador genial en textos como la “Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres”. Puro realismo fantástico y poético, o la historia de la madre de Maradona que al llegar al hospital encuentra una estrella de plata y de lata, entre otros. Si como dice Borges, un poeta merece ser juzgado por su mejor verso, Galeano se salva. Y si encima es un gran dibujante de algunas realidades dolorosas y ocultas, mucho mejor.

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