“El caso Bonapelch”, de Hugo Burel: el policial herido

Por José Arenas

La novela policial es un territorio espinoso. No es para cualquiera, aunque parezca que sí, y lo más difícil del subgénero policial e investigativo es lograr la sencillez y concreción que la novela requiere. Bastardeado hasta el Siglo XX, ha vuelto y se ha convertido en una narrativa en la que todos han querido experimentar, además de un objeto muy preciado en el mercado en muchos casos. Así hemos tenido sagas, novelas y series geniales y otras no tan geniales como tantas que surgen para aparecer en la estantería de estaciones de trenes y ómnibus.

002_2

“El caso Bonapelch”. Hugo Burel. Ed. Alfaguara. 2014

También tenemos, desde su nacimiento, por decirlo de alguna manera, popes innegables y creadores como Edgar Allan Poe como iniciador establecido, hasta continuadores como Arthur Conan Doyle, Chesterton, etc. De allí se puede aprender muchísimo, se pueden tomar los moldes formales y las características de toda novela policial, o crear nuevos caracteres como hace Carina Bergfeldt en “Matar a papá” o incluso la argentina Claudia Piñeiro en “Tuya” (no así en “Betibú” que pretende ser policial con rotundo fracaso). Jorge Luis Borges, dice respecto de la novela policial que ésta ha sido dejada de lado porque no gozan del “prestigio del tedio”, pero después de algunos casos, podemos refutar a Borges, con todo respeto.

El año pasado el escritor Hugo Burel volvió a rondar las librerías con una novela de corte policial con basamento en hechos históricos; se trata de “El caso Bonapelch”.

La novela en principio apunta a la historia de un investigador privado ubicado en la década del 30`, de origen uruguayo, hijo de inmigrantes italianos que desde pequeño se fue a vivir a EEUU, allí realizó diversos trabajos hasta que entró a una agencia de investigaciones privadas. Entre investigaciones a hombres infieles y homosexuales, llega a la agencia un telegrama desde Uruguay donde la familia de José Salvo pide una investigación acerca de su reciente muerte porque desconfían de su yerno, Ricardo Bonapelch. A partir de ese instante comienza el periplo de Santini, el protagonista, que además del caso Bonapelch se encarga de cuidar a la hija de un empresario que conoce en Cuba, llevarla a salvo con su madre, evitar algunas mafias, entablar una relación amorosa con la hija del empresario, etc.

La novela, en principio presenta una especie de pastiche de piques tomados de las novelas policiales de Agatha Christie pero con un aire demasiado uruguayo. En ese sentido no sería algo malo tratándose de un homenaje a la emperatriz de este tipo de dramas, sin embargo hay algunos desaciertos a la hora de construir la novela.

El primero es ubicar la novela en un tiempo histórico pasado. Esto no sería un error en sí, pero la novela está plagada de referencias históricas que pretenden jugar a hacerle un guiño al lector, y dentro de la trama policial las referencias a la situación política del Uruguay, de Cuba de EEUU por parte de Guido Santini resultan un recurso fallido. La novela policial debe mantener una tensión que involucre al lector, que lo haga sacar sus deducciones, y no que le dé una pequeña y fallida clase de historia. Si no, no es un policial, es Wikipedia. La “demasiada explicación” le quita ritmo, y si hay algo que debe manejarse con extremo cuidado en la novela policial es el ritmo.

En torno al caso Bonapelch, propiamente dicho, se hace esperar demasiado con la historia del principio (la primera parte de la novela llamada “Un caso lejano”) y las peripecias que el protagonista vive arriba del barco que lo traslada hasta Sudamérica, Cuba y su paso por Brasil. Tenemos aquí otro elemento que dilata la trama del herido policial. Insisto con esto porque la novela policial, como subgénero, es una experiencia creadora muy compleja. Como lector, necesito que la novela se transforme en algo adictivo, porque la novela policial es de las que más invade al lector, lo hace pensar, desconfiar, dudar, quedar atrapado en esa trama.

Pensemos en “El sabueso de los Baskerville”, que es un ejemplo viejo y perfecto de la novela policial que no se desvía en otros asuntos que no son los concernientes a los que debe tratar, que no pretende abarcar todos los temas, y que, además le inyecta al lector una necesidad de seguir con el caso. No por nada las novelas policiales como “El sabueso…” eran publicadas por capítulos en folletines y el lector esperaba extremadamente ansioso la próxima visión del crimen. No pasa eso con esta novela, que se vuelve demasiado larga.

Finalmente, la historia de amor melosa y fanfarrona del protagonista con la joven a la que custodia es, además de muy previsible, innecesaria. Teniendo en cuenta esa primera parte de la novela, desde que el autor propone la construcción del detective que vive solo, en un apartamento gris y marrón de la ciudad de New York, uno ya sabe lo que viene. Y eso resulta imperdonable. Lo gracioso es que el autor cite a Raymond Chandler al inicio de la novela con una frase que pretende justificar el entramado de “El caso Bonapelch”, porque Chandler hubiera sido una buena fuente de la que tomar elementos. Pero Guido Santini no es Philip Marlowe y la novela de Burel no llega a ser un acierto policial. El protagonista, a diferencia de Holmes, Marlowe, o Poirot, no es un genio iluminado, cercano al héroe, que se calla y resuelve todo dejando al lector con ganas de seguirlo. Al contrario, es un pretencioso arrogante que habla demasiado y actúa muy poco, deteniéndose en detalles intrascendentes.

Es una pena leer esta novela de Hugo Burel después de una novela como “El club de los nostálgicos” que, en lo personal, me parece una obra maestra de lenguaje cuidado y una creación ficcional casi perfecta. Conocedora, pintora y crítica desde la sorna, “El club de los nostálgicos” capta con enorme acierto la idiosincrasia uruguaya, especialmente Montevideana. También del autor podemos rescatar esa revisión y relectura fáustica que es “El corredor nocturno” o una obra de teatro justa como “La memoria de Borges”. Quiero decir, estamos ante un autor sólido, pero que en este caso saca a la calle un desacierto como “El caso Bonapelch”.

No es lo que esperamos de Burel, que hasta ahora se ha mostrado como un buen escritor. El error quizá sea escribir, en definitiva, sobre unas bases que cree conocer y que, al final, no son tan simples de leer para un escrito uruguayo que trata de armar la cabeza de un detective montevideano que vivió toda su vida en EEUU y que tiene padres italianos. O sea, es un entrevero que se llena de estereotipos aburridos. Al mejor estilo docente indeseable digo: “Burel; puede y debe rendir más”,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>