El estaño con buena onda

Por José Arenas

 

Crónicas de Montevideo: Parte I

 

La ciudad montevideana, en su atontamiento de paquidermo rijoso y cementado –robando algunas imágenes a Alfredo Mario Ferreiro- todavía ha dejado con cabeza algunos espacios libres de la palabra “progreso”. Con la posmodernidad chorreante a cuestas ha omitido la destrucción de algunos lugares que están llenos, llenísimos de encanto anti ciudad. Un milagro que se da gracias al descuido de la conocida piqueta.

En ese viaje que hacemos algunos por esos rincones de hedónica resistencia, hay un grupo de gente que tiene la esquina de Paysandú y Arenal Grande como una fija. Lejos de querer ir a compartir la mesa con familiares o compañeros de trabajo de dudoso lazo afectivo, algunos se despiertan tarde, o salen del trabajo y sienten nostalgia del instinto, necesidad de volver al origen del placer, así que dejan de lado sus trajes, sus semanas, sus broncas, se ponen el día encima y llegan hasta la parrillada Buena Onda.

El lector que no haya ido va a tener que hacer un esfuerzo para imaginar el lugar ya que allí no existe nada de lo que el sistema capitalista nos ha enchufado con la etiqueta de “confort”; no hay wi-fi, no hay aire acondicionado, no hay televisores apabullantes, no hay música “cool”, allí la gente no mira constantemente sus celulares. A falta de todo eso, hay un tesoro: la comida de Andrés, el dueño y timonel de esa sencilla máquina del tiempo, quien cocina la inmensa mayoría de los platos que allí se sirven, y atiende el lugar junto a su hijo, Pablo.

Al Buena Onda llegan vendedores, caminantes, borrachos, veteranos jubilados, oficinistas con sus familias, obreros que están trabajando en el barrio, jóvenes chetos de la zona, todos pasan por el bar, pareciera que al entrar todos nos miramos, vemos de dónde viene cada uno y, secretamente, con la mirada nos decimos: “vengo por la comida de Andrés”. Algunos son parroquianos habituales, llegan y saludan a los dueños, se sientan en su mesa, ya se conoce lo que pedirán y qué deberá servírseles. Otros, recién llegados, son saludados, en un momento Pablo llegará hasta su mesa y les dirá cuáles son las opciones, entonces “el nuevo” conocerá el tesoro del bar, se olvidará de los mentados conceptos de “light”, “verde”, “aceto”, “aceite de oliva”, “hummus”, “salmón”, “chips”. Todo eso se le irá de la mente como un engaño. A partir de ese instante podrá probar las milanesas, las empanadas, la cazuela de mondongo de los viernes, el guiso de lentejas, la casi inverosímil parrillada, los ñoquis que se hacen todos los 29, y, por supuesto, la mejor tortilla de Montevideo. Entonces, se volverá uno más de los embrujados que caen en una de las mesas.

Allí estamos, un mediodía lluvioso, un viernes de “mundungu”  -como se anuncia afuera- en una mesa que pudimos rescatar de entre la gente que ha visto el pizarrón en la vereda y también quiere tener su plato; el pianista, la cantante de tango, una mujer que ha venido desde la Isla Margarita y yo. Pedimos un plato de cazuela para cada uno esperando que nuestra invitada también lo pruebe, ella pregunta con inocencia si habrá wi-fi en el lugar, después de reírnos le decimos que, obviamente no, pero de todas maneras saca fotos con su celular para poder mandársela a sus amigas por Whatsapp. No puede creer que está allí, sentada en una silla desvencijada frente a una mesa de cármica vieja en un lugar oscuro, con paredes un poco despintadas y banderines deportivos de hace quién sabe cuánto. Sin embargo confía en el criterio de su amigo, el pianista, quien le ha dicho que está todo bien, que nos siga en esa aparente locura, aunque ella no carece de locura, para nada, y se deja fascinar por todo. Luego llegará nuestra cazuela, en cuatro platos distintos –porque si hay algo que no falta es glamour, aunque sea distinto al del stablishment- y ahí nuestra mesa queda casi en silencio. Solamente hablamos para comentar lo increíble de esa comida que desborda un sabor a victoria. También desborda calorías, pero queremos morir así, felices y triunfantes. Le ganamos una carta al movimiento ciego y doloroso de la ciudad, sacamos lo mejor de una esquina que ha quedado quieta en el tiempo, que no ha ido para adelante sólo porque sí.

Seguramente muchos caminantes pasan por la puerta del Buena Onda buscando un lugar donde comer, pero sus ojos ciegos de brillo y color blanco no le permiten ver lo que hay allí. Más de una vez fui con gente que, al principio se negó a entrar, incluso alguien largó la blasfemia de decir: “Siempre paso por acá y me digo: qué espanto este bar”. Pero sucede que las luces malas del centro nos encandilaron, perdimos la capacidad de captar el misterio de lo poético.

Luego de comer, comento que me siento feliz, que podría felicitarme por la idea de haber ido a almorzar allí. Nuestra invitada, una mujer con enorme mundo, que a esa altura ya desplegó todo su arsenal de sentido del humor, me dice levantando su vaso de vino –sí, vino en vaso- : “Así que fue tu idea… bueno, a tu salud…”. Brindamos, respiramos, miramos la lluvia por la ventana y nos sentimos a salvo.

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