Es muy bella mi maestra

 

Por José Arenas

 

Cuando era niño, como a casi todos los niños me pasó eso de, en algún momento, decirle “mamá” a la maestra. Un acto que, aquellos muchos que lo hemos experimentado sabemos, lleva una gran carga de oprobio; quedar uno como un tonto, un cursi, un ñoño, sentir la mirada compasiva de la maestra, oír las risas de los compañeros. En mi caso en particular, quizá se debía a que, efectivamente mi madre es maestra entonces la sonoridad similar que tienen los inicios de ambas palabras justificaba mi equivocación. Eso lo verá algún psicólogo. Pero, seguramente, algo que influía mucho era aquella vieja frase que algunos mayores y algunos libros repetían y que decía que la maestra era una segunda madre.

 

Con el tiempo me di cuenta de que la maestra está lejos de ser una segunda madre, y en reconocer eso radicó mi respeto y mi admiración a su labor. La madre se encarga de unas cosas fundamentales, y la maestra, se encarga de otras cosas, también fundamentales. Aunque el cariño y el amor que puedan dar ambas sea el mismo, su papel es bien distinto. También pensaba que si las maestras eran segundas madres, mi madre también lo era, y yo no quería compartirla, más allá de que siendo chico me llenaba de orgullo el amor enorme que otros niños manifestaban hacia ella. Pero yo quería que los roles quedaran claros. Y hoy, pasados varios años, siendo yo mismo docente, también quiero que los roles queden claros.

 

Creo que se nos hace difícil trabajar tantas horas, planificar, pensar en las clases, en tanta cantidad de alumnos, atender las necesidades de cada uno y a todo esto sumarle goteras en los salones cuando llueve, ventanas rotas, niños a los que ayudar con unas necesidades que a usted, que se queja del paro docente, le darían miedo. Y que no se mezcle todo, los docentes trabajamos con el mismo entusiasmo y el mismo amor con el que entramos el primer día al instituto de formación al que hemos ido, aun cuando a veces debemos encargarnos de cosas para las que no fuimos formados, pero cuando estamos solos, en silencio y nos miramos las manos llenas de tiza o tinta, cuando el salón queda vacío y pensamos en todo lo que hicimos ese día que está por terminar, creo que la mayoría nos decimos “qué difícil se hace, a veces”. Por suerte, una magia, una fuerza hace que cada maestra y cada profesor, al otro día hayan recargado su entusiasmo por completo. Aunque de todas maneras, no es ese el mejor camino, y no me resigno a que sea el único.

 

 

Hoy estuvimos cubriendo el acto que hicieron los maestros frente al Palacio Legislativo en la lucha por defender la educación pública, una ronda de túnicas que los incluía junto a niños y personas que apoyan nuestra defensa. Mientras hablábamos con algunos de ellos y tomábamos fotos a las maestras que hacían la ronda con una banda sonora de bocinas que apoyaban lo que veían, divisé entre los concurrentes a una mujer con túnica abrazada a un niño que, por lo que después vimos, era su hijo. La madre sostenía una bandera, el hijo –también de túnica- tenía encima un nylon con una leyenda pintada: “Arriba los que luchan”. Entonces pensé en mis maestras, especialmente en mi madre –que no fue mi maestra en la escuela- y hubiera querido ser ese niño para acompañarlas, hubiera querido estar allí con esa edad para apoyar y hacer notar que si mi maestra está allí es porque me quiere, es porque trabaja por una mejor manera de educar, si mi maestra está allí no es sólo por ella, sino que también es por mí.

 

Mientras los seguía mirando la madre me vio, sonrió y agitó su bandera, el niño también sonrió y se sumó a otros niños que allí estaban. Vi las túnicas blancas, la belleza de ser maestro y, sobre todo, me fijé en el entusiasmo con el que los niños miraban a sus maestras. Otra vez hubiera deseado estar a esa edad con mis compañeros acompañándolas a todas.

 

Volví a pensar en varias cosas, en las canciones que cantábamos en la escuela, en versos de canciones patrias que no entendía y que ahora, al escuchar de nuevo, creo que algo en mí se negaba a entender. Especialmente pensé en la marcha “Mi bandera”, y creo que si yo fuera niño y hubiera estado hoy allí, en el próximo acto cambiaría la letra de esa canción y le propondría una nueva versión a mis compañeros para que en lugar de decir “es muy bella mi bandera” miráramos a nuestras educadoras y dijéramos, orgullosos, “es muy bella mi maestra”.

 

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