De ellos dos…

Por José Arenas

 

Crónicas de Montevideo: Parte II

 

En la calle Ituzaingó, donde vivo hace casi tres años hay una pareja de “cuidacoches” que sale con el sol como un primer aliento mañanero y a la noche, después de haber cumplido su trabajo como un ritual de auras sagradas se va calle arriba hasta su pieza en uno de los edificios oscuros y bellos de la calle Cerrito. Él se llama Carlos, de ella desconozco su nombre, es una travesti vieja que ha vivido siempre en Ciudad Vieja. Hombre de mucho dinero al principio, luego de meterse en la droga perdió todo, y ahora cuida algunos coches con su pareja, o pide alguna moneda en la esquina de su casa.

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Cuando aún no vivía en el barrio y venía a visitar a la cantante que es dueña de la casa en que ahora vivo, ella siempre me saludaba en la oscuridad de la noche y, ayudado por su aspecto y la penumbra, pensaba que era un viejo loco que vivía por allí. Ya viviendo aquí la empecé a ver con frecuencia al salir a la calle, saludándome con el mismo entusiasmo que antes, pero agregándome nombre a mí, y agregándole nombre a ella: “La Chili”. Debo admitir, sin embargo, que hasta conocer su nombre, la ubicaba como “la flaca escoba”.

 

Carlos viene a eso de las siete de la mañana hasta la puerta de casa, siempre se ríe, entonces empiezan a llegar los autos, los que van a las oficinas y ya desde temprano aparecen buscando lugar, el “cuidacoches” los saluda, les da los buenos días con tibia rutina, hacen algún comentario, según sean más o menos habitués de la calle, y cada uno va a su tarea. De mañana, cuando salgo, siempre tenemos el mismo diálogo en el cual ambos decimos exactamente las mismas palabras: “¿cómo anda? ¿anda bien?”. A veces agregamos algunos comentarios acerca del clima, y si no, cuando llueve, se protege en el alero de nuestra puerta y  me comenta: “mire que le robé el lugar, eh”. Siempre lo invitamos a que entre y deje la puerta abierta para ver cuándo se van los autos, pero nunca acepta.

 

La Chili trabaja en sociedad con su pareja, travesti al estilo de los años veinte, cuando Carlos va a su casa a dormir, o se siente cansado o directamente no viene a cuidar los autos, ella se pone el chaleco fluorescente como un mandato y ejerce el papel con la misma simpatía y dulzura. Si no, mientras su pareja conversa con uno u otro vecino ella lava los coches por una suma módica y con total esmero, o si no anda por las calles de Ciudad Vieja haciendo mandados para su hermana –una veterana llamada “Pancha”- o para otras viejas del barrio. A la tardecita, cuando los coches de la calle Ituzaingó se fueron junto con la luz del sol y los trajes cansados de los abogados y contadores que los llevan, van los dos con sus cosas hacia la calle Cerrito, durante una hora no se los ve, pero ya pasado un rato, la Chili se para en la esquina de su casa y saluda a todos los vecinos, ayuda a cruzar la calle a algunos muy viejos, y pide siempre “una cabalita”. Cuando obtiene la moneda que en ese caso oficia de símbolo de suerte, se acerca a las veteranas, les agarra la mano, les da un beso en la mejilla y les dice: “que tengas más y más suerte”. Alguna vez quise darle un billete de veinte pesos por no tener monedas –su simpatía hace que uno siempre quiera darle alguna moneda e intercambiar algún saludo- y me dijo: “ay, no, no, es mucho, demasiado”.

 

No todo es paz y buenas luces con esta pareja, algunas veces, por motivos de esas mezquindades que el hombre de la ciudad sabe cultivar, Carlos se enoja con alguno de los dueños de los autos que cuida, generalmente con alguno de esos soberbios nuevos que aparecen en una zona donde no saben que él es el verdadero protector de nuestra calle. Entonces discuten, o gritan, o se putean y el hombre con enorme entereza defiende su oficio como un tigre anaranjado, brilloso y viejo, entonces la Chili sale también al cruce y trata de poner paños fríos al asunto o, lejos de eso, se mete a defender a su compañero con uñas, dientes y voces chillonas de increíble volumen. Jamás ha faltado aquel que le diga a Carlos: “viejo puto, te comés al travesti”, pero allí brota en los dos una especie de calor y nunca dejan una agresión sin respuesta, retornan al instinto que perdimos, a lo salvaje –algo que deberíamos conservar un poco- y salen al cruce fierros, piedras, palos y todo tipo de armas para defender ese amor sucio, indigno, hermoso.

 

Esos días los hacen saludar mucho más orgullosos e irse a casa juntos más victoriosos que nunca con sus cosas, con el sol, con la calle libre para que entre la noche. Luego, ya entrada la oscuridad hay un cambio de público, no vienen abogados, sino que vienen espectadores para el teatro que hay en Ituzaingó y el Puerto, y aparecen otros “cuidacoches”, más jóvenes, más violentos, más oscuros y menos, mucho menos enamorados.

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