La noche de los gorriones

Por José Arenas

 

Conocí la poesía de Héctor Negro en el año 2006, en aquel momento yo cursaba segundo de bachillerato en el Liceo y ya había cruzado mi umbral conservador respecto al tango. Un año antes, cualquier disco que no tuviera “Naranjo en flor” o “La última curda” entre sus canciones me hubiera parecido lo mismo que un posavasos, pero ya ese año, habitaba el otro extremo de mí mismo, si el tango no era nuevo, no era. Parecido a lo que pienso ahora, aunque con mis reparos. El tiempo me pasó por entre la ropa como un viento de pájaros y me acomodó las ideas, aunque no demasiado. Lo que sí puedo decir es que lo primero que escuché de Negro fue “Tiempo de tranvías”, y entonces conocí una dimensión fantástica del tango de los 70’ que hasta el momento yo buceaba de manera desaforada buscando grabaciones de temas de Piazzolla, de Ferrer o de Eladia. Cuando conocí los versos del querido Héctor, supe que había una forma mágica e irrepetible de tomar el pasado, amasarlo junto al futuro, agregarle barrio, calle, surreales amores, y convertirlos en la letra de un tango.

Antes de comenzar a escribir mis letras pasaba las tardes escuchando y estudiando y buscando letras de Héctor Negro. Las imágenes de las canciones se me volvían revelaciones. Supe así de la importancia de su palabra dentro del género, porque no solamente era un poeta casi impúdico de tan sencillo y complejo al mismo tiempo, sino que era un explorador del verso ciudadano hasta sus venas, había andado calles y noches y libros buscando, armando, estudiando. Para mi capacidad de asombro tan joven y tan poco usada, eso fue un mandato. Ya, algunos años más tarde, gracias a su amigo y discípulo Alejandro Swarcman me puse en contacto por mail con Héctor. Me aconsejó, me dirigió y me elogió de modo tan generoso como sorprendente, parecía que en lo que leía estuviera su lapicera detrás de mi mano subrayando las palabras y los versos que irían a ser cantados. Llegué, incluso, a ponerle música a dos letra suyas, “Asalto al cielo” y “Boliche del gorrión”, porque a Héctor se le escapaban los gorriones. Le salían como disparos de los bolsillos, de los lápices, de la saliva, de las canciones. Se había adueñado de los gorriones del mundo, los gorriones eligieron habitarle los versos.

Hector Negro

En el año 2010 viajé por segunda o tercera vez a Buenos Aires. En ese caso iba a un homenaje que le hacía la Academia Nacional del Tango Argentina a Hugo Salerno, el poeta amigo. Allí, en medio de la noche calurosa de Diciembre, en una ciudad gigante que empezaba a ser tragada por ese olor navideño entre meloso y comercial, llegué con mi hermano y mi madre al homenaje. Me encontré con mucha gente querida, pero a Héctor no pude saludarlo, la gente lo saludaba, lo tocaba como a un santo barrial, una especie de buda bandoneonero que regalaba sus versos, que bendecía de poesía a quienes le tocaban las manos. Parecía que si uno lo saludaba le brotarían cosas como “…tangos de Bardi bajaban de las parras…”, así que no tuve oportunidad de ponerle cara a ese fantasma con el que él se había comunicado tantas veces y, además, había escrito dos tangos, sin siquiera saber qué clase de acordes conocía en la guitarra.

Al año siguiente, unos meses después, volví a la ciudad trampa de la que él mismo hablaba, ésta vez a la presentación de un libro de Hugo, el mismo poeta que había sido homenajeado el año anterior y que ahora presentaba “Gorrión Fénix”, un libro de poesía, que más que libro es un beso. Lo presentó en la Academia Porteña del Lunfardo, yo canté unos tangos que compartía con Hugo y, ésta vez sí que pude estar con el querido Héctor. Lo abracé, lo acaricié, le hablé, le canté, quise que se adueñara de mi voz y que la llenara de gorriones. Él me regaló sus palabras en la garganta rasposa que tenía, me dio su abrazo, hablamos de sus amigos, de Roberto Díaz, que hacía poco había muerto, de Tuñón, del tango, de nuestros tangos. “Tenés mucha madera de poeta, pibe” me dijo un par de veces y yo quería que me tallaran de una vez para ser ese poeta. Quería ser Héctor, y Hugo y Roberto, y Ferrer. Canté para los poetas y me acompañó Marcelo Saraceni en la guitarra, lo cual hizo las delicias mágicas de la noche, creo que canté bellamente porque los poetas se lo exigieron a otro yo que tengo en la voz y que, habitualmente, sin ellos, desafina hasta cuando habla. Pero esa noche no, esa noche me llenaron de puntería la garganta y cada palabra me salía de adentro, como el grito original del que sufre por amor, como el vuelo primero de los gorriones porteños.

Tuve a los poetas tan cerca que casi me los llevo, porque son míos. Luego, al rato, los dirigentes de la Academia querían cerrar e irse a sus casas así que, como buenos poetas, nos echaron a la mierda, a la calle derrotada de Buenos Aires. Cada uno agarró para su lado, yo volvía a Montevideo al otro día en la mañana así que preferí irme al hotel. Hugo se fue con algunas personas que lo acompañaban, y a Héctor lo vi irse hacia la noche con todas sus canciones y sus pájaros marrones en el chaleco y la camisa, como cuidándole el paso. Esa fue la última vez que lo vi.

Hace poco le escribí un poema, el que le debía, el que quise hacerle siempre. Quizá su muerte me empujó, o quizá saber que ahora, nos deja sus gorriones en la noche, y podemos usarlos para picotear al mundo de poesía, como él –gorrión también- hubiera querido.

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